La humildad de ser… por ser      desde Marrakech

01.11.2025

A este pueblo quiero confesarle

mi torpeza, mi ignorancia confundida

por el ruido constante —contaminado

de miedos arraigados, de envidias suicidas.


Aquí, donde el caos y el orden

se reparten con prudencia,

el mal contagio es enfermedad eterna:

niebla gris que enturbia y tergiversa.

Para sobrevivir, nómadas fuimos, somos

y seremos, en esencia.


De este pueblo me abrigaron sus colores,

absorbí sus sabores, asimilé sus olores.

Recorrí su laberinto, de norte a sur y alrededores;

compré la quietud de un palmeral,

postal caprichosa de turistas sin galones.


En tus calles, como en las mías, percibí el hambre,

y la pobreza palaciega nacida del hedor de la conciencia.

Calles bulliciosas que, por decir demasiado, callan,

y en su silencio, la voz del recién nacido

late consciente, sin temer necias miradas.

Y de ti, Marrakech,

me fui libre, más viva;

turista de mis propias contradicciones,

guardando en la maleta un libro vuestro —aún por leer—,

y, en el corazón, la humildad de ser… por ser.



Elisabet Mallol López
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