La humildad de ser… por ser desde Marrakech

A este pueblo quiero confesarle
mi torpeza, mi ignorancia confundida
por el ruido constante —contaminado
de miedos arraigados, de envidias suicidas.
Aquí, donde el caos y el orden
se reparten con prudencia,
el mal contagio es enfermedad eterna:
niebla gris que enturbia y tergiversa.
Para sobrevivir, nómadas fuimos, somos
y seremos, en esencia.
De este pueblo me abrigaron sus colores,
absorbí sus sabores, asimilé sus olores.
Recorrí su laberinto, de norte a sur y alrededores;
compré la quietud de un palmeral,
postal caprichosa de turistas sin galones.
En tus calles, como en las mías, percibí el hambre,
y la pobreza palaciega nacida del hedor de la conciencia.
Calles bulliciosas que, por decir demasiado, callan,
y en su silencio, la voz del recién nacido
late consciente, sin temer necias miradas.
Y de ti, Marrakech,
me fui libre, más viva;
turista de mis propias contradicciones,
guardando en la maleta un libro vuestro —aún por leer—,
y, en el corazón, la humildad de ser… por ser.
